Catón el Joven: quién fue y por qué inspiró a los estoicos
Catón el Joven fue un senador romano del siglo I a. C. que se opuso a Julio César hasta el final y murió en Útica, en el año 46 a. C. Séneca lo convirtió en su ejemplo favorito del sabio estoico, y por eso aparece en casi cualquier lista de modelos de la escuela.
Te cuento primero quién fue de verdad y después por qué los estoicos lo admiraban tanto, porque no son exactamente la misma persona. Casi todo lo que sabemos de su vida viene de Plutarco, que escribe mucho después de los hechos, y de Salustio, Cicerón y Dión Casio.
Quién fue Catón el Joven
Marco Porcio Catón nació hacia el 95 a. C. y fue conocido por su austeridad, su honradez y su oposición a César. Se le llama «el Joven» para distinguirlo de su bisabuelo, Catón el Viejo o el Censor, y «de Útica» por la ciudad donde murió, que según Dión Casio le dio el apodo de Uticense.
Quedó huérfano de niño y creció en casa de su tío Livio Druso, junto a su hermano Cepión y su hermana Porcia. Tenía también una hermana de madre, Servilia. Plutarco cuenta que ya de niño era terco y difícil de hacer reír. Un aliado italiano lo sostuvo fuera de una ventana, amenazando con soltarlo si no apoyaba su causa ante su tío, y el niño aguantó sin mostrar miedo.
De adulto vivió con una sobriedad deliberada. Salía a la calle sin zapatos ni túnica, y Plutarco aclara que no lo hacía para llamar la atención, sino para acostumbrarse a avergonzarse solo de lo que de verdad es vergonzoso.
Su relación con el estoicismo empezó pronto. Fue compañero del filósofo Antípatro de Tiro y, siendo tribuno militar, viajó a Pérgamo para llevarse con él al estoico Atenodoro. Cicerón, que no era su amigo en todo, lo dijo ante un tribunal. Según él, Catón adoptó las doctrinas de Zenón «no para discutir, como la mayoría, sino para vivir de ese modo» (Pro Murena 61-62). Esa escuela la fundó Zenón de Citio.
Su vida pública y su choque con César
Catón fue un político de principios que se opuso a quienes querían concentrar el poder, primero Pompeyo y después César. Su carrera tiene pocos cargos brillantes y muchas peleas, y casi todas se explican por una idea fija, que la ley valía más que cualquier hombre.
Como cuestor, hacia el 65 a. C., se leyó las leyes del cargo antes de ocuparlo y expulsó del tesoro a un empleado que había cometido un fraude. Salustio lo compara con César. César destacaba por sus favores y su generosidad, Catón por la integridad de su vida, y de él escribe que «prefería ser bueno a parecerlo».
El primer choque grande con César llegó en el 63 a. C., con la conjuración de Catilina. El Senado debatía qué hacer con los conjurados capturados y César defendió la prisión en lugar de la muerte, con tanto éxito que muchos senadores cambiaron de opinión. Catón le replicó con un discurso durísimo y consiguió que se condenara a los acusados. En plena sesión llegó una nota a César, Catón sospechó y exigió que la leyera en voz alta, y resultó ser una carta de amor de Servilia, la hermana de Catón.
Del choque con Pompeyo a la guerra civil
Después del 63 a. C., Catón se opuso primero a Pompeyo y luego a César, y su negativa a pactar con ellos empujó hacia la guerra civil. Cuando Pompeyo pidió casarse con una de sus sobrinas y casar a su hijo con la otra, Catón respondió que a él no se le capturaba «por las habitaciones de las mujeres». Plutarco, que lo admira, opina que fue un error, porque Pompeyo se acercó entonces a César y de esa alianza salió buena parte de la ruina de la República.
Cuando César fue cónsul, Catón se opuso a sus leyes y César lo hizo llevar a prisión, pero se avergonzó al ver que Catón seguía hablando por el camino y pidió a un tribuno que lo liberara. Después Clodio lo mandó a Chipre para quitárselo de en medio, y Catón volvió con casi siete mil talentos de plata para el tesoro.
Fue pretor en el 54 a. C. y perdió el consulado porque, dice Plutarco, se negó a hacer lo que se hacía para ganar votos. Cuando el desorden de Roma llevó a nombrar a Pompeyo cónsul único, Catón sorprendió a todos apoyándolo con una razón de político, que cualquier gobierno era mejor que ninguno. Y cuando César cruzó el Rubicón y ocupó Rímini, siguió a Pompeyo.
Útica y la muerte de Catón
Catón murió en Útica, en el norte de África, en abril del 46 a. C., después de que César derrotara en Tapso a los ejércitos de la República. Había asumido la defensa de la ciudad y, cuando llegó la noticia de la derrota, calmó a la gente que corría por las calles y reunió a los senadores. Dejó a cada uno elegir si se rendía o resistía, y a quienes decidieron pedir clemencia a César les dijo que lo hicieran por ellos, pero que no pidieran nada para él.
Dedicó la noche a organizar la salida por mar de los que se marchaban y, después de cenar y de leer el Fedón de Platón, se quitó la vida. Plutarco y Dión Casio cuentan el final con crudeza y no hace falta repetirla. Dión Casio explica el motivo, que amaba la libertad y que la compasión de César le parecía más odiosa que la muerte.
No es un ejemplo que seguir. Fue la decisión de un hombre que perdió una guerra civil, en una situación que nada tiene que ver con una vida corriente. Que Séneca y otros la elogiaran forma parte del retrato que veremos más abajo, no de una enseñanza que nadie te pida copiar. Si estás pasando por un mal momento y piensas en quitarte la vida, en España puedes llamar gratis al 024, que atiende las veinticuatro horas, o a los servicios de emergencia de tu país.
Qué relación tuvo Catón con Escipión
Catón el Joven se relacionó con Quinto Metelo Escipión, suegro de Pompeyo, y no con el Escipión Africano que se enfrentó a Catón el Viejo. Su trato empezó mal, con una novia que ambos habían pretendido y unos versos furiosos de Catón contra él.
Décadas después, en África, Catón le cedió el mando por ser procónsul y le aconsejó no presentar batalla a César. Escipión se burló del consejo y perdió en Tapso. Fue una alianza de necesidad entre dos hombres que no se tenían simpatía, y una escena lo resume. Cuando el rey Juba colocó su asiento entre el de Escipión y el de Catón en una reunión, Catón movió el suyo para dejar a Escipión en medio, aunque este había publicado un libro con insultos contra él.
Por qué lo admiraban los estoicos
Los estoicos romanos lo admiraban porque en su vida creían ver cumplida la teoría, la de alguien que no cambia de principios ni con la suerte, ni con el aplauso, ni con el golpe. La admiración está sobre todo en Séneca, que lo cita en muchas de sus obras, y también en Marco Aurelio, que lo nombra entre los hombres que conoció por su hermano Severo (Meditaciones I, 14). Las traducciones son nuestras.
Un ejemplo del sabio
En Sobre la constancia del sabio, Séneca responde a un amigo indignado porque su época entendió tan poco a Catón. Le dice que el sabio no puede recibir injuria, y que los dioses «nos han dado en Catón un ejemplo de sabio más seguro que Ulises y Hércules». Ulises y Hércules eran los héroes que los estoicos habían proclamado sabios, y Séneca llega a decir que teme que Catón esté «por encima de nuestro modelo». Para él, Catón es la prueba de que el sabio de la teoría puede existir.
De pie entre las ruinas
En Sobre la providencia, Séneca imagina a la divinidad mirando lo mejor que hay en la Tierra. No ve nada más hermoso que contemplar a Catón, «con su partido quebrado más de una vez, de pie, sin embargo, recto entre las ruinas públicas». Es la tesis del tratado, que la mala fortuna no daña al hombre bueno y que es el campo donde se prueba.
No devolver el golpe
Séneca cuenta una anécdota que Plutarco no recoge. Alguien golpeó a Catón en los baños sin saber quién era y, cuando se disculpó, Catón respondió «no recuerdo que me hayan golpeado». Séneca comenta que prefirió no reconocer la ofensa antes que vengarla, y que despreciar las injurias es propio de un ánimo grande (Sobre la ira II, 32). Para llevarlo a lo cotidiano tienes nuestra guía de cómo controlar la ira con el estoicismo.
Alguien a quien imaginar mirándote
En la carta 11, Séneca aconseja a Lucilio tener a alguien presente en el pensamiento para ordenar la propia conducta, y dice «elige a Catón; si te parece demasiado rígido, elige a Lelio, un hombre de ánimo más sereno». Que él mismo lo llame rígido ya indica que no lo propone como un modelo para todos. Las cartas las resumimos en nuestro artículo sobre las Cartas a Lucilio.
Tranquilo ante la derrota
En la carta 71, Séneca defiende que la virtud no se mide por el resultado, y por eso Catón vencido es tan bueno como Catón vencedor, porque «la virtud no puede hacerse mayor ni menor, es de una sola estatura». Lo ilustra con un detalle, que el día que perdió la elección se puso a jugar. Plutarco lo confirma a su manera. Tras fracasar en el consulado, Catón jugó a la pelota en el Campo de Marte y bajó al foro sin zapatos ni túnica como siempre. Esa calma ante lo que no depende de uno es la idea central de la dicotomía del control.
Una admiración con peros
Ni siquiera Séneca es unánime. En la carta 14 se pregunta si el sabio debía meterse en la política de entonces y se dirige a Catón con una pregunta incómoda, «¿qué pretendes, Catón? Ya no se discute la libertad, hace tiempo que se perdió. Se trata de saber si Pompeyo o César posee la república. ¿Qué tienes tú con esa contienda? Se está eligiendo un amo». Admira a Catón y a la vez duda de su elección, y eso nos lleva a la última pregunta.
Qué es historia y qué es retrato
La historia es lo que Plutarco, Salustio o Dión cuentan que hizo Catón, y el retrato es el sabio sin defectos que construyen Séneca y otros después. Los dos conviven en las fuentes, y conviene saber cuál estás leyendo cuando alguien te cita a Catón.
La batalla por su imagen empezó nada más morir. Cicerón escribió un elogio titulado Catón, y César, molesto, respondió con un Anticatón en el que reunió acusaciones contra él. Hasta Cicerón, que lo elogió, lo veía con distancia. En una carta a Ático escribe que Catón tiene buenas intenciones y fidelidad, pero que a veces perjudica a la república porque «opina como en la República de Platón y no como en la hez de Rómulo».
El Catón de Plutarco tiene defectos que el de Séneca no tiene. Cuando murió su hermano, Plutarco dice que se creyó que Catón mostró «más pasión que filosofía» con sus lamentos y su gasto en el entierro. Sus amigos consideraron su respuesta a Pompeyo «ruda y altiva». En Séneca, en cambio, todo lo que le ocurre le sirve para mostrar una virtud, y eso es lo que hace un retrato.
La diferencia se ve hasta en sus últimas palabras. Plutarco le atribuye una frase breve, «ahora soy dueño de mí mismo». Séneca le pone un discurso a la fortuna, «nada has conseguido, fortuna, oponiéndote a todos mis intentos». Y el poeta Lucano, sobrino de Séneca, inventa una conversación con Bruto en la que Catón dice «la virtud sigue sin miedo adonde arrastra el destino». Son tres versiones distintas, y ninguna es un registro literal. Por eso las frases sueltas de Catón que circulan en internet merecen la misma cautela que explicamos en las frases de Séneca falsas.
Qué aprender de él sin copiarlo
Lo más útil de Catón no es su rigidez ni su final, sino unas pocas conductas concretas que se pueden aprender sin vivir como él. Lo que sigue es una propuesta nuestra, no una enseñanza que las fuentes le atribuyan tal cual.
- Prepararse antes de aceptar un cargo. Plutarco cuenta que no se presentó a cuestor hasta leer las leyes y aprender el oficio de quienes lo conocían.
- Que lo que haces en público y en privado coincida. Es la frase de Salustio, ser bueno antes que parecerlo. Son las virtudes estoicas aplicadas a la coherencia.
- No gastar energía en devolver ofensas pequeñas. El episodio de los baños, tal como lo cuenta Séneca, sirve de entrenamiento aunque no sepamos si ocurrió así.
- Reaccionar a una derrota sin hundirte. Jugar a la pelota tras perder una elección no es frialdad. Es separar lo que valía tu esfuerzo de un resultado que no controlabas.
Y hay tres cosas que no conviene copiar. La primera es la inflexibilidad. Él mismo reconoció que perdió el consulado por sus modales y que no los cambiaría. La segunda es la falta de indulgencia que le reprocha Cicerón, que lo habría querido «un poco más inclinado a la lenidad». La tercera es su muerte. Para situarlo junto a otros nombres de la escuela, tienes los estoicos más importantes.
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Preguntas frecuentes sobre Catón el Joven
¿Era Catón el Joven realmente estoico?
Sí, por formación y por modo de vida, aunque no dejó una obra filosófica que se conserve. Plutarco cuenta que fue compañero del estoico Antípatro de Tiro y que se llevó a Atenodoro de Pérgamo. Cicerón dice que adoptó las doctrinas de Zenón para vivir según ellas. Plutarco añade que su único discurso conservado era el de Catilina.
¿Qué diferencia hay entre Catón el Joven y Catón el Viejo?
Son dos hombres de familias y épocas distintas. Catón el Viejo, el Censor, era el bisabuelo del Joven. Al Viejo se atribuye votar siempre que Cartago debía ser destruida. El Joven vivió más de un siglo después y es el que se asocia a los estoicos y a César.
¿Qué relación tuvo Catón con Escipión?
Depende de qué Catón. Catón el Viejo se enfrentó al gran Escipión Africano cuando fue su cuestor en África. Catón el Joven trató con Quinto Metelo Escipión, con quien se enemistó por una novia y al que luego cedió el mando en África.
¿Cómo murió Catón el Joven?
Se quitó la vida en Útica, en abril del 46 a. C., tras la derrota de su bando en Tapso y después de ayudar a marcharse a quienes querían huir. No es un ejemplo que seguir. Si estás pasando por un mal momento, en España puedes llamar al 024, gratuito y disponible las veinticuatro horas.
¿Se conservan frases auténticas de Catón el Joven?
Pocas, y vienen de terceros. Plutarco le atribuye «que no censuren mi vida, hablaré cuando no vaya a decir lo que sería mejor callar», y la advertencia a unos magistrados, «no todos los que lleguen a vosotros serán Catones». Desconfía de las frases sin obra ni pasaje.